ESPERANDO MEJORES TIEMPOS
Por Orencio Nievas
«Sepan ustedes, señores de la izquierda, que en mí siempre encontrarán un enemigo acérrimo. Que hará todo lo posible para destriparlos scomo corresponde —dijo Abelardo de la Espriella—, a esa plaga hay que erradicarla». La frase no es un exabrupto de campaña. Ya es un programa de gobierno. Hoy, 22 de junio, Colombia amanece bajo el triunfo virtual de un hombre que ha prometido, con la claridad de los verdugos, destripar a media nación. Digo virtual porque a esta hora solo nos queda la poca esperanza de que el escrutinio oficial diga otra cosa. Y media nación lo ha votado. Conviene no apartar la mirada de estos hechos. ¿Por qué la mitad de los colombianos que fueron a las urnas, que escucharon la palabra «erradicar» aplicada a sus compatriotas, decidieron que era una buena idea?
Escribo estas palabras desde fuera de Colombia. No por gusto. Ayer fui a votar a un consulado que no voy a nombrar por seguridad. Hice fila, mostré mi cédula, deposité mi voto por Iván Cepeda y al salir vi cómo unos, con la misma naturalidad con que se arranca la hierba mala, despegaban todas las publicidades de Cepeda en toda la ciudad. Nadie les dijo nada. Esa es la naturalidad de la violencia que se ha instalado hasta volverse paisaje. Un triste paisaje donde un candidato promete destripar opositores y parte importante de la ciudadanía lo aplaude.
No voy a detenerme en los analistas que dirán que la culpa es de Petro. Dirán que su gobierno fue ineficaz, que no supo comunicar, que no construyó mayorías. No quiero saber de eso porque tendrán algo de razón, pero no toda. Petro ha sido un rockstar: está en todo y habla de todo. Pero no hubo escuela. Los ministerios se llenaron de burócratas que ya estaban allí antes, que siguieron allí durante y que seguirán allí ahora, bajo el nuevo mandato, con la misma eficiencia de siempre. Los votantes del Estallido Social creyeron que después de Duque no podía venir algo peor. Se equivocaron. Yo también me equivoqué.
Durante estos cuatro años pensé que la gente se daría cuenta de los logros por sí sola, que verían la economía resistiendo, las reformas avanzando y que eso, sumado, bastaría para convencerlos de que se abría un nuevo camino en Colombia. Pero la gente no vio nada de eso. La gente vio TikTok, vio influencers que calentaban el debate político en treinta segundos con un baile y una frase de cajón, vio vidas resueltas con un emprendimiento y con la promesa de que el destino es individual y de que el Estado no sirve para nada salvo para estorbar. La despolitización no es un accidente. Este relato se hace todos los días con la idea de que la política es sucia y que nadie desde dentro podrá salvarla.
Los influencers que durante meses apoyaron cierta política, quizá sin saber qué estaba ocurriendo, con la excusa del desarrollo económico y personal, hoy están esperando la llamada para recibir prebendas o cargos. Estos deberían ser regulados. No para callarlos, sino para obligarlos a formarse antes de hablar de lo que no saben. Y no me importa si es un guiño contra la libertad de prensa, esto es una herejía en boca de un periodista. Pero ¿de qué libertad hablamos cuando la ignorancia se puede masificar? ¿Qué clase de democracia es esa que delega la formación de la opinión pública en personas que no han leído un decreto en su vida?
Y la literatura también entra en este baile. Porque a la vez que se mueve, calla. Los novelistas colombianos escriben para desahogar sus penas, vomitar sus obsesiones y cultivar un arte que poco tiene que ver con el país. Escriben sobre cualquier cosa. Hay un vacío, y ese vacío también es una forma de colaboracionismo, una manera de apartar la vista y llamarlo oficio. Porque ciertas conversaciones es mejor mantenerlas en privado. ¡Mentira! Nada de esto debe permanecer en la esfera privada. Hay que romper esas vetustas costumbres.
En Colombia, la burocracia no es el Estado: es la costumbre que sobrevive a todos los gobiernos. Derrotar a los partidos es una cosa; ganarle a la burocracia es otra. Petro ganó en las urnas; la burocracia no se presentó a elecciones y sigue ahí, intacta, esperando al nuevo presidente para explicarle cómo funcionan las cosas. Hoy esa burocracia amanecerá con un jefe que habla de erradicar, y los funcionarios ajustarán los procedimientos.
Pero ajustar los procedimientos no es lo mismo que ganar. Y ganar no es lo mismo que rendirse. La historia de Colombia es la historia de los que se acostumbraron, de los que vieron pasar al paramilitar, al burócrata, al influencer y al verdugo y decidieron que no valía la pena el riesgo. Pero también es la historia de los que no se acostumbraron, de los que se quedaron, de los que escribieron, de los que organizaron, de los que enseñaron, de los que aprendieron, de los que cuidaron a los hijos de los muertos, de los que recordaron los nombres cuando ya nadie los recordaba. Esos son los que construyen los tiempos mejores. No los que ganan elecciones, no los que llenan plazas, no los que salen en las portadas. Los que construyen los tiempos mejores son los que entienden que la esperanza no es un sentimiento tibio que se siente en el pecho, sino una disciplina que se ejerce todos los días contra toda evidencia.
Hoy no es tiempo de esconderse. Tampoco es tiempo de salir a la calle a gritar consignas. Les pido que no se acostumbren, que miren a sus vecinos que votaron por Abelardo y no los odien, pero no los traten como si no hubieran elegido esto. La esperanza no es un derecho, es una obligación que se cumple. No vamos a esperar mejores tiempos. Vamos a hacerlos, incluso ahora, incluso contra todo, incluso cuando los noticieros digan lo contrario y los influencers dirijan la conversación y los burócratas cumplan su papel. Los tiempos mejores no se esperan. Se construyen. Y eso, hoy más que nunca, implica cualquier cosa.



