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Columna

LA PRESIDENCIA QUE NUNCA SUCEDIO

Civitas Cocuy24 de junio de 20267 min de lectura
LA PRESIDENCIA QUE NUNCA SUCEDIO

Lo sostengo: la presidencia de Petro no sucedió. No niego que ganó, ni las urnas, ni los cuatro años; niego que ahí haya ocurrido lo que todos convinieron en llamar como Acontecimiento. Tomo la palabra en el sentido exacto en que la usa Fisher cuando describe a Baudrillard, dos Filósofos hablando de la guerra del Golfo. Él dice que Acontecimiento es solo aquello que pudo haber sido de otro modo, lo que mientras sucede conserva intacto su poder de ser distinto. Y por esa medida —no por la magnitud, no por el ruido, ni las cifras— hay que volver a mirar qué fue lo que de verdad pasó entre nosotros, porque un hecho es acontecimiento por la cantidad de futuros que sostiene abiertos a la vez, y no por haber ocurrido.

Lo que sostuvo esos futuros no fue el domingo de la elección, fue lo anterior: el descontento que venía creciendo en oleadas desde mucho antes, sin nombre, sin partido, sin programa, brotado de sectores que no se parecían entre sí y que por un tiempo no supieron en qué iban a cuajar. Aquello que después se llamó "Estallido Social" pudo ser un movimiento que se negara a tener cabeza, un lenguaje político que aún no existía, o pudo disolverse sin dejar rastro. Ninguno de esos u otros futuros estaba decidido, y en esa indecisión —no en su violencia— estaba toda su fuerza. Era contingente. Podía ser de otro modo. Estaba, en el sentido fuerte, vivo.

Lo perdió en el instante en que fue capturado por una forma que no tenía nada de contingente: una presidencia. Nombrarlo fue darle categorías antes de que terminara de suceder; meterlo en una urna fue fijarle un destino mientras todavía respiraba. Y aquí conviene ser preciso con el verbo, porque no es que el orden aplastara la ruptura desde afuera —eso habría dejado un cadáver, una derrota, algo que llorar—. En vez de eso la ingirió. Se hizo carne con ella, se nutrió de su propia energía para reponerse, y devolvió aquello que iba a romperlo convertido en prueba de que nada distinto era posible. Lo que amenazaba el orden terminó alimentándolo, disciplinado, sirviendo de ejemplo. Por eso recuerdo la frase de Benjamin: no hay nada más anárquico que el orden burgués.

De ahí que la palabra traición, que tanto se repite, me parezca un error y casi una comodidad. Para traicionar hace falta un pacto y un momento en que se rompe lo pactado, y aquí no hubo nada entregado que pudiera romperse: la sociedad no tuvo entre las manos un cambio que luego le arrebataran, tuvo desde el principio solo un simulacro, la forma de "un cambio" prometida en un significante vacío que cada quien llenó con lo suyo. No se traicionó ninguna promesa porque la promesa nunca tuvo contenido. Y cargarle eso a un hombre, hacer de la historia la culpa de un individuo, le concede a un solo sujeto un mérito ante el tiempo que no debería tener: es la salida fácil, la que nos ahorra ver que lo que fracasó no fue una persona sino la operación entera de volver una esperanza, la captura de un Acontecimiento.

El cambio solo pudo realizarse traduciéndose al idioma de la representación política, y ese idioma no tiene campo semántico para alojarlo: no hay en él palabras que contengan lo que el estallido quería decir de sí mismo. El cambio no se pudo enunciar en la lengua de su captor.

Y conviene preguntarse en qué lógica vivimos ahora la de la Paz, la de la Guerra?. La única lógica que persiste es la de la lucha sobre el imaginario, una disuasión sin enemigo que se libra en esa capa de lo real que no controlamos pero tampoco podemos ignorar. Su fórmula es siempre la misma: "nos volveremos…", y da igual cómo termine la frase mientras se ancle en el pasado, porque opera más la amenaza, que el mismo contenido . Se nos ofrece el pasado como único destino posible y se nos lo vende como si elegir todavía dependiera de nosotros. Eso sí disuade. Disuade de intentar el futuro, y nos hace ajustarnos la cadena con cierto gusto.

Por eso, ante cualquier elección que venga, sostengo lo que parecía una boutade y ya no debería parecerlo: en las urnas no se abre nada, ni siquiera se abrió la presidencia; se cerró, se apropió, se ratificó un pasado. Un domingo no decide un futuro cuando las categorías ya están puestas y la historia ya fue contada; solo confirma lo que se convino en que ya había ocurrido. Y si la presidencia de Petro, mirada así, nunca sucedió, lo que está en juego no es la memoria de un gobierno sino algo más hondo: que estamos perdiendo la capacidad de vivir el presente como un tiempo en que algo de verdad puede ser de otro modo. No olvidamos el pasado. Es peor, porque ya no habitamos un presente que esté realmente en juego.

SERGIO ARCE:

En Tunja, las discusiones empezaban en la mesa y terminaban en la calle. Una boleta de calificaciones se deslizaba sobre el mantel, alguien subía la voz, alguien citaba la Biblia, alguien citaba el noticiero. Y Sergio Arce, todavía un niño, aprendía sin proponérselo a escuchar lo que la gente decía y, más importante, cómo lo decía: dónde temblaba una voz que juraba tener razón, en qué punto una idea se contradecía a sí misma.

De noche, cuando la casa quedaba en silencio, las discusiones seguían dentro de una pantalla. Hacía clic en un foro, tropezaba con una palabra que no conocía —algoritmo, inconsciente—, la buscaba, y la búsqueda lo arrastraba a otra, y esa a otra. Así, sin que nadie se lo enseñara, la curiosidad lo fue empujando desde los videos hacia la filosofía y la sociedad, como quien sigue un hilo y descubre que está atado a algo mucho más grande que él.

Su padre, en cambio, siguió otro hilo. Un día entró a la Iglesia de los Testigos de Jehová y le pidió a su esposa y a su hijo que entraron con él. Su madre se negó en redondo: vio las restricciones que aquella vida les impondría y temió por su hijo. Entonces su padre hizo las maletas, cerró la puerta y se llevó consigo cualquier respuesta que Sergio hubiera podido pedirle. Desde ahí, esperar volver a verlo se volvió una costumbre callada: una pregunta que el niño guardaba sin hacer, porque ya sabía que nadie iba a contestar.

Su madre se quedó. Se acompañaron en su duelo, hasta que un viaje de vacaciones lo cambió todo cuando una bacteria entró donde no debía, en un cuerpo que no resistió, y en muy poco tiempo ella ya no estaba. Hizo, sin más, lo que hacen las bacterias, hizo de la muerte fuera más familiar, igual que realidad de la fragilidad humana. Sergio siguió adelante porque sus abuelos lo sostuvieron, aunque por dentro se sintió, por primera vez, hijo de nadie. Vivió en primera persona lo que Sartre decía de Genet "un hijo de nadie corre el riesgo de no ser nada". Terminó la carrera empujado por esa mezcla de duelo y deber que no se nombra, pero se carga toda la vida.

Más tarde, su trabajo lo lanzó al otro lado del mundo, a Montreal. La primera mañana entró a un café y pidió en español por costumbre, luego en inglés por reflejo, y el muchacho del mostrador le respondió en francés. Tuvo que repetirse, señalar, sonreír sin entender. Esa pequeña derrota cotidiana —no poder pedir un café sin negociar en qué lengua existir— se repitió en la fila del metro, en el banco, en los formularios. Y cada repetición le confirmaba y lo empujaba a un nuevo camino con el hecho que uno no está antes del lenguaje.

En ese ir y venir se hizo camino. La filosofía contemporánea, el psicoanálisis, el aceleracionismo, el realismo especulativo. Cada nombre le servía para algo que ya había vivido. El mundo entero detrás de si, siguen ahí actuando y no necesita que él lo piense. Hoy aún entre Tunja y Montreal, sin soltar del todo ninguna de las dos. Investiga, lee, y en los ratos libres escribe columnas para los grupos en línea donde se siente en casa. Foros parecidos a aquellos en los que, de niño, tropezó por primera vez con una palabra que no entendía.