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Columna

Miseria humana

Civitas Cocuy24 de junio de 20266 min de lectura
Miseria humana
Aquí está la gran verdad
Que sobre el orgullo pesa
Aquí la gentil belleza
Es igual a la fealdad.


¿Estamos en la boca del suicidio colectivo? Un país tan desencantado de sí mismo, ¿hacia dónde nos conduce esté afán adolescente de autodestrucción? Hoy, con la victoria de Abelardo de la Espriella el país se encuentra en el momento cumbre del movimiento del péndulo latinoamericano, pero también en el inicio de una tormenta que no parece tener salida.

Abelardo supo, infortunadamente, comprender muy bien el efecto de la geografía sobre el humor de las personas. Entendió que en las montañas la gente tiende a callarse, mientras que en los valles la vida parece diluirse bajo el sol. Pero sobre todo entendió que esas geografías se unen, muchas más veces de forma fortuita que intencionada, por el rubor de los líquidos y sonidos que bañan al país. La campaña que no podía sostenerse sino dominaba, de todas las maneras posibles, al espectro de información que pervive entre las cordilleras, fragmentó muy bien ese humor regional para fagocitarlo en un artificio nacional. Ese proceso tuvo éxito: Abelardo, un hombre oscuro, solo empezó a conocerse cuando ya contaba con más votos que Paloma; incluso ahora apuesto que hay quienes no se han enterado en qué pueblo nació o en cuál rio se bañaba de chico, pero lo cierto es que todos sabemos que provienen de alguna patria que parece la colección de todo y nada.

Precisamente, la idea de patria recolecta cada una de aquellas fijaciones de una sociedad moderna que no acepta su modernidad. Volver a hablar de patria, de defenderla y cuidarla, es tomar una pastilla de eterna inmadurez, sobre todo cuando luego vemos que quienes dicen estar firmes por ella solo la ven como el estandarte de batalla para signar nuevos fusiles. En su corazón, la campaña de Abelardo es un fetiche por una violencia cruda, manufacturada para el consumo por parte de personas que se sueñan estando en una película de acción; ese fetichismo los hace estar de ambos lados del arma, pues se sueñan como eternas víctimas y victimarios para usar una violencia implacable. Una extensión de ese fetichismo por destruir y destruirse es el desprecio por el Estado, como una función que organiza lo colectivo. Para el proyecto de Abelardo, el Estado es un obstáculo que impide que la violencia suceda de forma libre; por eso mismo, se debe reducir a la mínima expresión en que sea posible el ejercicio de la violencia, legitimada como el resultado de la astucia y la fuerza del individuo. De allí, todos los conflictos son posiblemente resueltos con violencia, no importa su naturaleza o complejidad; el punto es que se pueda destruir y destripar con las mismas manos que se usan para crear, porque es más simple, barato y efectivo el quemón del latigazo. Para ese proyecto, no hay razón alguna de no expandir el pie de fuerza, porque los soldados se convierten en fantasmagorías de ese fetichismo del tánatos, a pesar que, a largo plazo, cuesten millones para el Estado que paga pensiones, entrenamientos y seguros.

Como un ser gaseoso, tampoco sabemos muy bien sus límites. Conocemos, eso sí, que es un aliado estratégico de las redes mafiosas, que detrás de él existen personas aún más oscuras, y que, por encima de todo, cuenta con un capital fantasmagórico. A pesar de ser un calco entre Noboa, Bukele y Milei, Abelardo no es nada sin sus asesores, quienes constantemente niegan ser políticos, pero que muy seguramente huyan una vez las primeras grietas empiecen a ser obvias. Como niegan serlo, se atribuyen capacidades mágicas, que no solo arreglarán al país, sino que traerán un milagro aún más difuso: dinero donado gratamente por el narcotráfico para ser lavado, millares de bajas de grupos armados que no superan las centenas, y la reducción de nuestro Estado famélico. Estas fantasmagorías son el reflejo de las ilusiones de una sociedad enferma de sí, tan insatisfecha que decide pasar de su exangüe lento para reemplazarlo por un salto en el Tequendama.

Y digo que es un suicidio colectivo porque, francamente, solo tendría sentido la victoria de Abelardo si entendemos que colectivamente decidimos dejar se ser parte de una misma nación. Incluso, la victoria de Abelardo señala que hemos decidido dejar de pensar en la sociedad como un extracto complejo, para equipararla solamente con el contenedor de individuales; en el fondo, la victoria de este nuevo modelo prueba una vez más la herida de muerte de cualquier idea sobre lo social y lo colectivo, para dejarnos en al agridulce sabor de la dictadura del individuo. Estamos enfermos de individuos, quizás porque nuestra historia nacional, limitada y triste, ha dado paso a una sociedad encantada con lo mediocre, cuya única riqueza es el dinero y el éxito personal. En esto Abelardo encontró su propuesta más exitosa: distanciarnos de lo colectivo, dedicarnos en exclusiva al individuo, es la justificación perfecta para obviar de las herramientas institucionales y en su lugar emplearlas para rifar, una a una, las piezas de un complejo engranaje. Cuando la propuesta de Abelardo sobre desmontar las instituciones triunfa, en realidad triunfa un sentido individual sobre el espíritu colectivo, maniatando al Estado como organización colectiva para la vida social. En otras palabras, la victoria de esta propuesta es rehuir e ignorar las condiciones que obligan la vida en conjunto.

Pero veo que el riesgo más grande esta autodestrucción no es en sí la conversión del Estado en un eunuco, ni siquiera la captura de sus instituciones por parte de la mafia o el paramilitarismo (que muy bien documentado está su relación con Abelardo, quien ha dicho ser defensor de la parapolítica mientras soñaba con sr un para de verdad) o el robo a mano armada del presupuesto público; lo que aterra es la posibilidad de nuestro suicidio siendo un fracaso. Cuando la ejecución se detenga, cuando la cuchilla no termine de cortar la cabeza, cuando la bala no pueda penetrar el cráneo, ¿qué terminaremos siendo? ¿Una masa amorfa sin dirección alguna? ¿Una colección de instituciones desfinanciadas e incapaces de sostenerse? ¿Una nueva cara del Estado fallido? Advierto del fracaso del suicidio colectivo no porque crea que no es posible, sino porque su comisión resultaría en la desaparición de la fantasmagoría; una vez suceda el suicidio, nos levantaremos como quien se levanta de un rasca: sin un peso, vomitado y con el arrepentimiento de haber perdido las llaves de su hogar.

Ese deseo por autodestruirse, por llevarse delante a todos quienes pensamos distinto, es el resultado de la época de miseria humana en que nacen los hijos del viento, que no son de ninguna parte y no hablan ninguna lengua.

Juancho Rois: Nacido en la tierra andina, creció entre la música del Guatapurí, el Pance y el Upía queriendo ser trovador y juglar. En un viaje a la tierra del cerro de Maco descubrió a El Flecha de David Sánchez Juliao y Confesiones de un terrateniente de Máximo Jiménez, por lo que decide vender sus aspiraciones para viajar por el país hasta aprender un idioma que sea ácido sin ser cinco y frívolo sin ser lacónico. Ensombrecido por el dolor de las gentes sobre la tierra, cambia su instrumento para escribir sobre una geografía infinita de ríos y montañas en la que lso débiles le ganen a los fuertes en un revés de la incomprensión colectiva.