“Fascinantes” bolsas blancas Susan Sontag, la imagen como afirmación y la responsabilidad individual
¿Se han dado cuenta de lo fácil que es dudar de que una pintura retrate la realidad? Al fin y al cabo, estas salen de la cabeza de alguien. Pero no pasa lo mismo con un video o una foto. El video parece no tener autor; parece que la realidad está allí, casi como si estuviera dada por sí misma. Entonces la pregunta de si una imagen es verdad o no, frente a una fotografía o un video, creo que muchas veces ni se piensa. ¿Y cómo juzgar esto? Me refiero a que los objetos están ahí; un momento ocurrió y quedó registrado. Es cierto que ahora la IA pone cada vez más en crisis esa conclusión rápida y que cada vez nos acostumbramos más a dudar de cualquier imagen. Pero cuando una imagen viene de una institución, de un gobierno, es como si la duda se apagara; la fuente responde por la imagen y la ilusión de veracidad queda intacta. Entonces, hay un "algo que se representa", se toma como prueba y nadie lo discute.
¿Pero y la contingencia? De todo lo que ocurrió en ese momento, ¿qué parte quedó dentro del encuadre, quién decidió eso y qué quería que sintiéramos? ¿Hay algún tipo de responsabilidad de parte del observador? Para explicar claramente lo que quiero decir, creo que ayuda pensar en si una imagen está bien porque representa lo que pasó o si lo que hace que esté bien es algo independiente de ella misma; otras razones, por ejemplo, quién la dice, desde qué punto político la dice, qué hace con lo que pasó.
Antes de seguir, quiero decir de qué voy a hablar en este texto y de qué no. A lo que quiero referirme es a la forma con la que se presentaron los resultados de una operación militar reciente; en otras palabras, a un momento específico después del hecho, lo que fue convertido en imagen. Cómo el gobierno actual comunicó la operación, mostrando cuerpos en bolsas blancas y al presidente caminando entre ellos. Ahí hay una imagen y, si hay imagen, hay una estética; es a eso, y solo a eso, a lo que me voy a referir, a lo que alguien decidió mostrar, a cómo decidió mostrarlo y a lo que dice eso de nosotros.
Y quiero dejar claro de qué no voy a hablar, debido al contexto colombiano, donde un tema como el conflicto armado es tan complejo. No voy a hablar de la operación militar en sí misma; no tengo el bagaje ni el conocimiento jurídico o bélico para hacerlo. No pretendo defender, contradecir, legitimar ni mucho menos evaluar los procedimientos, las normas, las ideologías o las razones de las partes involucradas en el hecho. Quiero ser muy enfático con esto, el hecho en sí no será, en ninguna medida, el objeto de este texto, así como tampoco pretendo ignorar o desconocer el contexto de guerra interna en el que se encuentra el país. Otra cosa que quiero dejar en claro es que el Estado de derecho colombiano y las instituciones internacionales marcan las normas jurídicas para proceder y evaluar ese y otros tipos de acciones estatales, y a eso tampoco pretendo referirme de ninguna forma aquí.
Hoy en día hablar de una relación entre estética y política no es nada nuevo, ni resulta sorprendente. Ya habrá bastantes videos de un minuto corriendo en redes cuando se buscan esos dos términos juntos. Pero creo que donde sí se vuelve interesante es al indagar sobre la relación en sí misma; cuál es la jerarquía entre las dos, cuál se pone al servicio de cuál, y cómo se organiza la estética, con sus categorías, dentro de una política que pretende construir una visión de mundo y marcar el modo en que nos relacionamos con otros en él.
Uno de los intentos por profundizar en esta relación lo podemos observar en Susan Sontag, escritora y crítica cultural estadounidense, en un ensayo titulado Fascismo fascinante, que apareció primero en The New York Review of Books en 1975 y luego fue recogido en su libro Bajo el signo de Saturno (1980). Ella parte del caso de una cineasta, sus vínculos con un régimen totalitario y el posterior intento de la sociedad por rehabilitarla como "indomable sacerdotisa de lo bello". Buena parte del ensayo es un recorrido por la vida de esa cineasta, sus películas y la manera en que se intentó reescribir su pasado. Este caso concreto permite que Sontag se cuestione e indague sobre la relación misma que se teje entre arte y política en las dictaduras. Esta relación la describe ella como una subordinación. El arte se subordina a la política en cualquier dictadura, "tanto de derecha como de izquierda". Y esta subordinación se manifiesta de modo que, en estos regímenes, la política "se apropió de la retórica del arte", con el fin de promover ciertos ideales escogidos por su función al régimen. No es que se inventen nuevas categorías; un régimen totalitario no crea algo nuevo, lo que hace es utilizar la estética para dar forma a su discurso; categorías como la belleza, la fuerza, la pureza, la comunidad se presentan como ideales estéticos que pretenden esconder su función política. Estos ideales terminan representando una idea desviada, propia de sistemas totalitarios, lo que Sontag llama "una estética utópica: la de la perfección física", donde la perfección corporal se exalta y el grupo se organiza alrededor de lo que Sontag describe como "una figura de líder o fuerza todopoderosa e hipnótica". Traigo a Sontag no para comparar o igualar contextos o sistemas políticos; traigo su pensamiento porque nos da una base para pensar la relación entre estética y política y lo que puede haber de peligroso en ella, sin importar de qué gobierno se trate.
Luego de esto, ella se pregunta por qué un régimen escoge cierta estética y no otra. Y su respuesta es que esa estética funciona porque hay algo en quien la mira que responde a ese tipo de imágenes. Ella dice que las películas de esa cineasta, documentales de propaganda de los años treinta que exaltaban el cuerpo como lucha, la disciplina, la obediencia y la unidad alrededor de un líder, siguen siendo efectivas hoy. Y la razón es que debajo de esos valores hay un ideal romántico, "sus anhelos todavía se sienten", un ideal al que muchas personas siguen apegadas. Y es en ese momento cuando Sontag deja de hablar de la cineasta y empieza a hablar de nosotros como sociedad. Dice que "en algún lugar todos saben que hay más que belleza en juego", pero que la gente prefiere cubrir esto y admirar la imagen por lo que tiene de bella, evitando tomar en serio lo que esa belleza pide legitimar. Y lo que pide legitimar son anhelos; Sontag da algunos ejemplos: "el culto a la belleza, el fetichismo del coraje, la disolución de la alienación en sentimientos extáticos de comunidad", que, dicho de otra forma, son el deseo de orden, de fuerza, de pertenecer a algo. De nuevo, no es que un régimen invente ese tipo de deseos. Sontag insiste en que son "vívidos y conmovedores para muchas personas" y en que siguen presentes hoy bajo otras banderas, por lo que todos estamos propensos a responder a ellos. Lo que hacen esos regímenes es, con la estética, tomar esos anhelos, que ya existen, y darles una forma. Lo que buscan es que conmueva antes de que uno alcance a pensar. Y lo que tenemos que tener en cuenta es que el sentimiento propio, sin razonamiento, puede llegar a legitimar ideales que son totalmente nocivos para una sociedad. Cuando una imagen de poder nos conmueve porque se muestra como una "respuesta" y solo lo dejamos ahí, en que se ve bien, estamos aceptando lo que la imagen propone sin haberlo discutido. Sontag advierte que eso prepara "una aceptación curiosamente distraída de la propaganda". Entonces, la pregunta que deja al espectador es qué estamos aceptando si no reflexionamos en la estética del mensaje, en su forma.
Lo que legitimamos con este tipo de imágenes no es una política de seguridad; para eso están los debates, las cifras, los tribunales y otras instancias. Lo que legitimamos es una forma de habitar el problema de la seguridad. Y esa forma de comunicar, en el fondo, no está relacionada con la seguridad en sí; lo que hace es exaltar ciertas maneras de actuar que son peligrosas en una sociedad y que se aceptan porque llegan a nuestras emociones en forma de "respuesta" a una necesidad real. Y es que, piénselo, ¿el mensaje tiene esa forma porque es la única posible, porque es necesaria, o porque de esa forma resuena con nuestras emociones mientras dice algo sobre quien lo envía?
¿Los resultados de una acción del Estado se podrían presentar sin que un presidente camine entre cuerpos? Yo opino que sí. Porque presentar algo como resultado no es lo mismo que el resultado. La imagen muestra que se hizo algo; no muestra que haya funcionado. Eso hay que creerlo, la imagen no lo prueba, solo lo afirma. Y no es esa presentación lo que hace a un país más o menos seguro. Entonces, si se cambia la forma del mensaje, lo que se perdería no es seguridad, es lo que le sirve a quien lo envía que el mensaje tenga esa forma específica, en tanto se puede presentar como "la respuesta", "el que cumple", "el fuerte". Eso es lo que quiero decir cuando argumento que la imagen es funcional al poder.
Tenemos una necesidad real en Colombia, la seguridad, y es justamente esa necesidad la que la imagen toma para hacernos sentir que ya está siendo atendida. Pero la imagen con la que se nos presenta algo como resultado no es neutral, viene desde un punto, y eso hay que ponerlo a juicio de la razón. Tenemos que buscar ser lo suficientemente críticos para que el poder responda a nuestras necesidades como sociedad y no para que use los medios que tiene para mover nuestras emociones y promover intereses cuestionables que sean funcionales a él.
Sí, es verdad que con una imagen uno puede sentir que por fin alguien tiene el control, que por fin alguien está haciendo algo. Y ese sentimiento es tan real que cuesta ser crítico, porque se muestra como la "respuesta" esperada, pero no preguntarse por las formas es muy peligroso. Sentir es propio de nuestra humanidad y eso está bien, pero después del sentimiento tienen que venir las preguntas, la reflexión por todas las aristas posibles, para evitar legitimar formas en los mensajes del poder que, ni están relacionadas con nuestras necesidades, ni aunque lo estuvieran, dejarían de ser reprochables.



