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Columna

Voz de acordeones

Juancho Rois24 de septiembre de 20267 min de lectura
Voz de acordeones

Yo soy después de mi ocaso la única voz

Que como un sinsonte herido vuelve a trinar

Para sembrar en mi pueblo mis ilusiones

Ya casi se cumplen dos meses del terremoto que fragmentó el suroccidente del país y, más que la tragedia, los muertos o los afectados, ha habido un insoportable ruido de aplausos para quienes han sido solidarios. No me malinterpreten, no estoy en contra de aquellos que son voluntarios o que han contribuido de cualquier manera; también, en sus primeras semanas, puse mis manos al servicio de otros. Pero es tan estridente el furor con el que los demás vitoreamos por haber ayudado que terminamos por ahogar la voz de quienes verdaderamente lo necesitan. Y, aun así, la gente ayuda, la gente comparte duelos que no entiende, la gente recoge los escombros de otros, la gente no deja olvidar las vidas acabadas. Por eso me pregunto, ¿por qué la gente decide ser solidaria?

Como un paseo vallenato, la respuesta está en dos compases. El primero, el fácil, es que la gente es solidaria porque el buenismo sí existe, porque el germen católico pervive en el corazón agnóstico de la modernidad y porque la patria nos hermana en un mismo dolor. El segundo, aún más obvio, es que las personas son solidarias porque son egoístas, porque no quieren ayudar al resto sino recibir el premio de la abnegación, y porque lo que conmueve, antes que el dolor es la misma urgencia de mostrarse -y saberse, aun cuando fuese poco- útil. En su fondo, ninguna de las dos son ironías, pero plantean una misma duda respecto a lo solidario ¿Nace desde adentro? ¿Se puede cultivar? ¿Existe por encima de uno mismo? ¿Es igual al sacrificio? En fin, si estos compases componen la música de los aplausos que suenan cuando se despacha otra tonelada de ayuda humanitaria, ¿Por qué no suena igual cuando se solidariza en otros escenarios o situaciones? ¿Es la magnitud, la gravedad, la muerte en sí, lo que lleva a ser solidarios? ¿Significa algo más?

El primer compás del paseo nos evangeliza la escritura. La gente es solidaria porque es buena, y es buena porque asimila el mensaje de la fe en su sentido más simple. En principio, como cualquier otro ateo frustrado, no me molesta la idea: quizás como los primeros cristianos, las personas son devotas hacia los demás por amor, incluso si ello les conlleva a la desdicha. Las personas deciden ser solidarias porque miran sin ver y actúan como si actuaran para con sí mismos, y eso da paso a que la sociedad sea buena por sí sola en medio del comprensivo calor humano. Sin embargo, la composición de familias, clanes, grupos o naciones ha hecho que la formación de una sola solidaridad común sea casi que imposible; esas ideas imaginarias de algo común parten de diferencias tangibles de la realidad, creando divisiones que, por un lado, posibilitan una unión entre semejantes pero, por otro lado, impiden el reconocimiento común del género humano. En extensión, las formas de clasificación entre las personas agitan el fuego del calor humano al llevarlo hacia el campo de la urgencia; asemejarse a algo, como dicen los juglares, es primarlo por sobre su contrario, aun cuando el mar hondo de la diferencia sea en realidad un estero. Cualquier forma de gregarismo sustrae del elemento innato y compartido de lo solidario para convertirlo en una forma de división y compartimentalización: la proveniencia, el color de la piel o la imaginada idea de que nuestras geografías confluyen en una armónica imagen nacional se convierten en reflejos de divisiones imaginadas. Estos elementos constituyen expresiones de una solidaridad nacida de la unión exclusiva, con criterios y parámetros, que distan de cualquier idea humanista. Así, cierro este compás en una nota de jerarquización y segregación, pues en el proceso de la urgencia y la semejanza el involucrado samaritano pasa a ser un engranaje del extractivo proceso de clasificación y patologización: para la muestra, la clasificación de humanos «ilegales» y «legales» en países dirigidos por confesos y creyentes no supone una contradicción pública mayor a la que le sucede a quienes les votan bajo el argumento de unión nacional y preservación racial. Por otro lado, es fatuo creer que al convertir la solidaridad en tarea personal o al rehusar de rótulos entonces se esquiva la jerarquización; la solidaridad de un individuo no es suficiente para explicar todo el ritmo que se genera de ésta ni conlleva a pensar su función en la sociedad, ni mucho menos lleva a entender las razones por la que la gente es solidaria. Si ser solidario fuese una sola tarea individual, ¿por qué se acudió tan colectivamente a buscar debajo de los escombros durante la tragedia? ¿Qué otro sujeto puede emprender ese camino sino un muy plural «nosotros», con todo lo que eso puede significar?

El segundo compás del paseo rompe la escritura de este texto y nos lleva a la disonancia. La gente es solidaria porque es egoísta y, más aún, porque al ser solidarios se sienten mejor consigo mismos. Bien lo sabemos: vemos los videos de un montón de personas que nunca han hecho ni movido un dedo para -ahora sí- aportarles algo a alguien. ¿Cómo no ser incrédulos? Sumo que, día a día, un carnaval de empresas e instituciones sobrevuelan los escombros sobre mil ilusiones, y quizás la única pregunta sensata que pueda hacerse es si lo dicen en serio o si nos están tomando del pelo. La idea de la solidaridad como un negocio que depreda de la necesidad se ve en muchos otros escenarios, públicos y privados, en los que funcionarios, académicos, activistas y tantísimos desconocidos se vanaglorian de aportar -lo que sea, pero aportar, al fin y al cabo-; hasta cierto grado, el espectáculo autocomplaciente de mostrarse siendo útil es un reflejo del poder que tienen los unos sobre los otros, al ser estos menos vulnerables, menos necesitados de solidaridad. Por ello, el ruido de los aplausos ha sido particularmente insoportable: la solidaridad, si no se sostiene en el tiempo, no es sino una demostración que en el peor de los casos se olvida como conmemoración vacía. Como todos los demás acontecimientos de la vida digital, la tragedia se extingue en la frivolidad de nuestros registros y recuerdos, cada vez más abstraídos de la experiencia conmovedora para ser reemplazado por un frívolo «yo estuve aquí»; en ese escenario, la solidaridad es otra experiencia a coleccionar y poseer, impulsada únicamente por el ego. Pero, si la depredación existe detrás de la máscara de la solidaridad, ¿cómo explicar que existen quienes son solidarios con aquello que no tiene forma de agradecer? En su sentido más literal: ¿cómo explicar que se sea solidario con otras vidas que no hablan ni se exponen en la esfera pública, como un animal o un ecosistema? ¿Es simple ego el abogar por quien no puede abogar por sí mismo?

Me niego a caer en la disonancia de ambos compases, así que escribiré un propio compás final. La solidaridad pervive por encima de los egos, a pesar de que estos plaguen a quienes buscamos ser solidarios, pues la solidaridad implica una correspondencia de afectos que atraviesa el manto del auto reconocimiento. En esencia, asumo que las personas son solidarias porque estiman al otro de un modo que no le puede corresponder: si en el primer compás la solidaridad encontraba su correspondencia en el gregarismo y la semejanza, mientras que en el segundo compás se encontraba su correspondencia en la autocomplacencia, se puede entender que ambos se superan en la medida que se solidariza de un modo que no puede ser respondido. Eso no significa sacrificarse, sino sobreponer la sensibilidad de alguien más al reconocer el peso de una historia que no le pertenece, pero que se comparte mutuamente en la sociedad. En su forma más básica, la solidaridad no deja de ser cooperación, en la que la gente reconoce un mismo horizonte de angustias, miedos y esperanzas; la solidaridad las aborda para transformarlas en una posibilidad, en la que se superan condiciones injustas y arbitrarias a las que son sometidas las personas. En todo caso, ¿por qué nos solidarizamos con el afectado, la víctima, el preso, el desplazado o el desaparecido, si no es para levantarse de una miseria que asumimos como propia?

Tras casi dos meses, no se puede perder el impulso de levantarse mutuamente del dolor. La solidaridad, más allá de las ayudas humanitarias, las donaciones o los recursos, comprende una herramienta para blindar una voz por encima del ruido de los noticieros y la despersonalización de la tragedia. Al asumir ese efecto real, la solidaridad dejará de actuar como una herramienta que segrega o que lastima sin querer hacerlo, para tender una verdadera posibilidad de superar y reconstruir; mediante la respetuosa memoria de la perdida y el dolor, decidimos ser solidarios.